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20130104

La bella y terrible historia de Simonetta Vespucci

“La hermosa Simonetta”, “La simpar”, “La incomparable”, "La Reina de la Belleza" … Con estos y muchos más apelativos, lemas y leyendas fue conocida Simonetta Cattaneo Vespucci de Candia.  Se cree que nació en Portovenere (Puerto Venus), sobre la costa de Liguria, en 1453, en el seno de una noble familia genovesa. También pudo nacer en Fezzano Ligure.

La joven Simonetta se casó a la edad de 16 años con Marco Vespucci, probablemente familiar lejano del marino italiano que acompañó a Colón en su primer viaje a América. Simonetta y Marco se conocieron en abril de 1469. Ella estaba con sus padres en una iglesia cuando le presentaron su futuro marido. Gran parte de la nobleza genovesa estaba presente. Era un matrimonio concertado, muy al uso de la época. Dos familias bien situadas buscaban consolidar su posición social mediante una provechosa alianza. Aún adolescente, Simonetta comenzaba a despuntar por su especial belleza y encanto. Marco había sido enviado a Génova por su padre para estudiar en el Banco di San Giorgio. Fue aceptado por el padre de Simonetta, de la cual el muchacho estaba muy enamorado. Era pues un matrimonio lógico y poco forzado. Los padres de Simonetta creían que el matrimonio sería ventajoso porque la familia de Marco tenía muchos contactos en Florencia con la poderosísima familia Médici.

Y así sucedió que la bella Simonetta, con su traje de novia fresco, dejó la casa de su padre y se instaló con su joven esposo en Florencia, gobernada por Lorenzo el Magnífico. Simonetta y Marco se casaron en la ciudad y se instalaron en una casa del barrio de Borgo Ognissanti. Ambos tenían dieciséis años. Lorenzo de Médici organizó la boda en el lujoso palacio de Via Larga, y celebró el banquete de bodas en la suntuosa Villa di Careggi. La belleza de Simonetta había causado un estallido de fervor en la ciudad.
"Todos los hombres estaban enamorados de ella, y ninguna mujer podía desdeñarla", recordó Poliziano.
 
Los nobles florentinos tenían verdadera obsesión con esta mujer. Los hermanos Giuliano y Lorenzo de Medici sucumbieron a sus encantos y quedaron prendados de su belleza. Con toda ostentación rivalizaron en más de una ocasión y le manifestaron su admiración. A pesar de su poder, ambos hermanos fueron rechazados por la distante rubia.[cita] La popularidad de Simonetta en la corte florentina fue en aumento. Los dos hermanos Medici, Lorenzo y Giuliano, hervían en arrebatos de simpatía hacia ella. No se sabe como debía encajar todo ello el joven Marco, pero éste desaparece del relato como por arte de magia. En la corte de los Medici, Simonetta emergió como una flor. Su belleza y su dulzura la convirtieron ipso-facto en la mujer más admirada en Florencia. Giuliano, el hermano menor, se enamoró de ella. Su pasión por esta criatura de excepcional belleza ha llegado hasta nosotros a través de los versos de Angelo Poliziano:
 
Candida è ella, e candida la vesta,
ma pur di rose e fior dipinta e d'erba;
lo inanellato crin dall'aurea testa
scende in la fronte umilmente superba.
Rideli a torno tutta la foresta,
e quanto può suo cure disacerba;
nell'atto regalmente è mansueta,
e pur col ciglio le tempeste acqueta.
 
En este poema, el joven, totalmente dedicado a su pasión por la caza, no se preocupa por el amor, hasta que un día Cupido le atraviesa el corazón con una flecha, haciéndole caer enamorado de la ninfa Simonetta.

Al otro lado del río Arno se extendía el popular barrio de Porta San Frediano, morada de obreros y artesanos, categoría esta última en la que se incluían orgullosamente los pintores. Entre sus vecinos se encontraba un pintor llamado Alessandro di Mariano di Vanni Filipepi, alias Sandro Botticelli. Éste bien pronto tomó a la chica como modelo, profesando hacia ella una sumisa y muda admiración. Muchos historiadores conjeturan que Botticelli estaba enamorado de ella hasta las trancas. Sin embargo, no podía competir con sus poderosísimos admiradores. Sencillamente, el pintor se limitaba a pintarla, recrearla; pincelaba un amor inalcanzable con tenaz perfeccionismo. En poco tiempo todos los nobles de la ciudad estaban obsesionados con ella, muy especialmente los principales mandatarios de la ciudad, los hermanos Lorenzo y Giuliano, de la familia Médici. Lorenzo estaba ocupado en los asuntos de Estado, lo cual no obsta para que se entretuviera en describir los encantos de la joven:
 
Su cutis era extremadamente claro, pero no pálido; rosado, pero no rojo. Su porte era serio, sin ser severo; dulce y placentero, sin asomo de coquetería o vulgaridad. Sus ojos vivos, no manifestaban arrogancia ni soberbia. Su cuerpo era finamente proporcionado, y entre las demás mujeres aparecía de superior dignidad. Paseando, bailando o en cualquier otro ejercicio, se movía con elegancia y propiedad. Sólo hablaba cuando era conveniente y dando opinión tan acertada, que no se podía añadir o quitar a lo que iba diciendo. Su comprensión era superior a la que pide su sexo, pero sin aparentar darse cuenta de ello y sin caer en el error, tan común entre las mujeres, que cuando sobrepasan el nivel se hacen insoportables".
  
Mientras Lorenzo, apodado el Magnífico, hombre de enorme riqueza, se conformaba con glosar las excelencias de Simonetta del mismo modo que se examina la dentadura de un caballo, su hermano menor tenía todo el tiempo del mundo para cortejarla.
 
 El 27 de enero de 1475 se libró un torneo en la plaza Santa Croce. Allí concurrió Giuliano de Médici, soberbiamente ataviado, portando un enorme estandarte pintado por Botticelli, en el que se veía la inconfundible silueta de Simonetta caracterizada como  Palas Atenea. Una leyenda en francés decía: “La Sans Pareille”  [“La Incomparable” o “La simpar”] Supongo que cuando hablan de una mujer de bandera se refieren a esto. Una belleza que sería un referente obsesivo en el arte de Botticelli. Ese rostro tan familiar para los amantes del arte, que alumbró el resurgir de la diosa Venus en una floración neoplatónica, acabaría en victoria para Guiliano de Médici.
 
Al respecto cabe aclarar que finiquitada la Edad Media las justas a caballo ya no eran un puro y simple entrenamiento militar practicado por hombres fuertemente pertrechados. Este tipo de “encuentros” se solía saldar de forma frecuente con graves heridas e incluso con la muerte. Eso formaba parte del pasado. El torneo renacentista era algo más parecido a la exhibición de pamelas de Ascot.  Es decir, un auténtico despliegue de lujo y color, un carnaval donde los petos de los caballos, las más brillantes armaduras y los yelmos adornados con las más exóticas plumas rivalizaban con la belleza de las damas sentadas en las gradas.
 
Guiliano se llevó el triunfo… Y Simonetta consiguió un nuevo título, el de “Reina de la Belleza”. A partir de entonces fue conocida como la mujer más bella de Florencia y más tarde del Renacimiento. La fama de Simonetta galopó por toda Europa; llegó a ser una superstar sin pasar por la portada de Vanity Fair ni hacer películas en Hollywood. Ella tenía a Guiliano de Médici y a Botticelli, cosa de la que no puede presumir ni Claudia Schiffer.

Algunos aseguran que desde ese momento la bella Simonetta se convirtió en amante de Guiliano de Médici, pero lo cierto es que se desconoce por completo si eso sucedió. La historia se muestra remisa a confirmarlo. La teoría de que “La Primavera”, el cuadro de Botticelli donde están retratados Guiliano y Simonetta [entre otros], ilustra la vida galante del Médici no está del todo confirmada. Si hubo realmente amor entre ellos, no pudo ser más desgraciado. A finales de ese mismo año Simonetta enfermó y murió.

La modelo del genial pintor Botticelli se había convertido en un arquetipo de belleza, cumplía con todos los clichés de la época. No se sabe si ella imponía las pautas o si había sido agraciada con un encaje perfecto en ellas. En todo caso, el re-nacimiento de la Diosa, nacida en Puerto-Venus, en la costa de Liguria, acontecía en una Italia sumida en una ola de revisionismo pagano. Mercurio, Dionisio, Marte, Minerva y toda la mitología grecorromana estaban muy de moda. Los oscuros siglos  medievales, dominados por un Dios monopolista, habían acabado. Una burguesía en ciernes quería deshacerse del corsé moral de la Iglesia y vivir la vida. Y fue la bella Simonetta la que encarnó a la Diosa como nadie, bajo la luz de los pinceles de Sandro Botticelli. Todas las mujeres de sus cuadros guardan un extraordinario parecido con ella.
El historiador Felipe Fernández-Armesto tilda la relación platónica del pintor con la chica de “disparate romántico”: “La suposición vulgar de que ella era la modelo de Botticelli debido a su famosa belleza no se basa en ningún motivo mejor que la sensación de que la mujer más hermosa del momento debería haber posado para el pintor más sensible”. Desgraciadamente, la bella Simonetta murió la noche del 26 de abril de 1476 a la edad de 23 años. Había contraído una tuberculosis que le afectó el pulmón. La enfermedad pudo ser una hemoptisis. La Venus renacentista murió en Piombino, junto al mar. Botticelli no pudo superarlo y vivió el resto de su vida obsesionado con ella. La ciudad entera lloró amargamente la muerte de la joven y miles de personas siguieron su ataúd por las calles.
"Murió, como hemos dicho anteriormente, una mujer de nuestra ciudad, que si se mueve a compasión por igual a todo el pueblo de Florencia, es una maravilla por su belleza y su bondad humana (…)” 

Botticelli terminó de pintar “El nacimiento de Venus” en 1485, nueve años después de la muerte de la muchacha. La tesis más frecuente –y lógica- es que el hermoso rostro de Venus sea un fiel retrato de “La Reina de la Belleza”. La leyenda dice que el amor del genial pintor hacia esta mujer era de tal envergadura que pidió expresamente ser enterrado “a sus pies”. Murió en 1510 y al parecer le fue concedido su deseo. Los restos de Sandro Botticeli descansan en la Iglesia de Ognissanti muy cerca de los de su amada. 

Botticelli nació en Florencia y recibió la influencia de grandes maestros de la pintura. También recibió el generoso mecenazgo de la familia Médici. Seguramente, Botticelli es autor de algunas de las imágenes más luminosas de la historia del arte occidental, entre las que cabe destacar su más famosa obra “El Nacimiento de Venus”. Botticelli [y su “taller”] realizaron más de 150 obras, pero muchas de ellas fueron destruidas por la Iglesia, que veían en ellas el resurgir profano de los dioses paganos. “El Nacimiento de Venus” es una de las pocas pinturas “paganas” del pintor que no fueron destruidas por la Iglesia Católica. Este es otro de los crímenes de los que la Iglesia de Roma nunca ha dado explicación alguna. Quemaban obras de arte de una belleza inigualable, de la misma forma que los nazis quemaban libros. No podían tolerar que la presencia de una mujer bella y poderosa, como la Diosa Venus, eclipsara la poco brillante imagen de la Virgen María.

Ronald Lightbown afirma que muchos de los cuadros con el rostro de la bella mujer eran creaciones del “taller” de Botticelli. Probablemente no fueron pintados exclusivamente por él mismo. En relación con muchos de los cuadros de ninfas o bellas damas, en realidad se trataba de retratos de fantasía inspirados en bellezas ideales. No se trataba de mujeres reales.
Un ejemplo de ello está representado en la pintura de Piero di Cosimo, titulado “Retrato de una mujer”. Se afirma que se trata de Simonetta Vespucci y retrata a una mujer como Cleopatra, con un áspid alrededor del cuello. Algunos creen ver un simbolismo en la serpiente que descansa sobre el cuello de la chica, tal vez un aviso de la enfermedad que acabó con su vida. El título alternativo que le han dado algunos es el de “Retrato de Simonetta Vespucci”. Pero, ¿cuánto de cierto hay en ello? En parte se trata de una representación de la forma y el espíritu de un  retrato póstumo pintado unos catorce años después de la muerte de Simonetta. A tener en cuenta también el hecho de que Piero di Cosimo sólo tenía catorce años en el momento de de la muerte de Vespucci. Se cree que la inscripción en la parte inferior de la pintura, que afirma que se trata de Simonetta Vespucci, puede haber sido añadida en fecha posterior.
El rostro de Simonetta personificaba en el Renacimiento italiano el concepto de belleza ideal. Esto era importante para artistas como Botticelli, que pensaba que la belleza exterior refleja la riqueza interior, la virtud y la espiritualidad. Simonetta murió en 1476, pero Botticelli continuó ofreciendo su imagen en su arte el resto de su vida. Todas las imágenes femeninas de Botticelli eran –muy probablemente- idealizaciones sublimadas de la belleza de Simonetta. Ella era considerada la mujer más hermosa de su tiempo, elogiada por poetas y pintores representativos, y es gracias a ellos que su gracia y hermosura han llegado intactas hasta nuestros días. Él, Sandro Botticelli Filipepi, fue uno de sus más grandes admiradores y la convirtió en su musa, inmortalizando así su imagen para siempre.

Ella es la muchacha rubia retratada en la imagen de Nuestra Señora de la Misericordia de Ghirlandaio, en la capilla de la iglesia de Ognissanti, en Florencia. Ella es la criatura celestial inmortalizada por Sandro Botticelli en la pintura “El nacimiento de Venus”. Tiene formas etéreas y sinuosas, está cubierta sólo por su largo cabello rubio, su cara es un óvalo perfecto, sus ojos son grandes, claros y brillantes.

Con Lorenzo de Médici en su lecho de muerte, la República cayó en manos del severo monje Girolamo Maria Francesco Matteo Savonarola. Éste condujo a la pira los restos del libetinaje pagano de los Medicis. Una curiosa montaña de objetos diversos se acumulaba en la plaza de la Signoria, en Florencia, una tarde del año 1497. Pelucas de seda blanca o amarilla, laúdes, filtros mágicos, cancioneros y cualquier otra cosa que a juicio de Savonarola, dueño de la ciudad tras ser destronados los “tiranos” Médici, apartara a los hombres de la “república de Cristo” que él pretendía instaurar. Entre los candidatos al fuego figuraban los cuadros de tema pagano de Alessandro Filipepi (llamado Sandro Botticelli), pintor y amigo de la familia Médici. En las telas y tablas aparecía una y otra vez, en diversas poses y atavíos la figura de una mujer "de frente fieramente humilde (...) gesto reposado, incierto", como la evocan los versos de Poliziano. En poco tiempo las llamas consumieron la pira.[cita]
 
Botticelli vivió trece años más y pintó aún muchas obras maestras ... todas sobre temas exclusivamente religiosos. Sin embargo, algunos de sus primeros cuadros pudieron escapar a la persecución de Savonarola y atestiguan hoy que las palabras de Poliziano estaban bien fundadas. En la corte de los Médici los rasgos de Simonetta fueron tomados como paradigma por muchos creadores: los poetas Poliziano y Pulci, los pintores Piero di Cósimo y Ghirlandaio, en cuyas obras la figura de la joven impregna todo lo que se relaciona con la feminidad, hasta el punto de hallarse presente en los retratos de otras mujeres. Lorenzo de Médici le dedicó magníficos versos. En una ocasión señaló una estrella a un amigo y comentó: "Mira, es el alma de esa exquisita mujer..."
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