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20201117

Desmontando la gilipollez del “marxismo cultural”

Es increíble la cantidad de charlatanes ignorantes que hay en internet. Unos se califican como “liberales”, otros como “patriotas”, otros tantos como “creyentes”, pero su única realidad es su filiación anticomunista. Basta con una cámara y un micro para subir un vídeo en Youtube y soltar un rollo infumable sin ninguna base intelectual sólida. Muchos de estos parlanchines se caracterizan por ser furibundos anticomunistas, además de feroces enemigos de la ideología de género, el movimiento LGTB, el aborto industrializado y el feminismo enfermizo de última generación. 

Muchas de las críticas a toda esta “fenomenología” progre son legítimas y cargadas de razón, pero estos esperpentos se empeñan en calificarla como “marxismo cultural”. 
Hoy vamos a ver como todo este conglomerado ideológico "progresista" no tiene absolutamente nada que ver con el marxismo; es decir, con las ideas de Karl Marx. 

A mediados de los años 60s, los nacidos entre 1938 y 1945 [aprox] llegaron a los 20 años. Se encontraron con una sociedad radicalmente distinta a la de sus padres. El crecimiento económico constante de la posguerra había generado una incipiente clase media. Se creó un abismo generacional entre padres e hijos. Esos jóvenes no querían seguir el patrón de sus padres. Hasta entonces, una persona llegaba a los quince años y dejaba de ser un niño para pasar directamente a ser un adulto. A los 18 se sacaba novia, a los 20 se casaba y a los 22 ya tenía un hijo. Trabajaba durante 40 años, se jubilaba y moría. No había ninguna fase intermedia entre la infancia y el estado adulto. Fue en ese momento en el que se construyeron los mitos de la ‘adolescencia’ y la ‘juventud’. La nueva generación pensaba que antes de asumir ninguna responsabilidad, la persona tenía derecho a transitar por una fase hedonista que diera sentido a su vida. 
Vamos, hay que divertirse un poco, ¿no? 

En ese contexto, el marxismo tradicional salió de las fábricas y se instaló en la universidad. Ahí se mezcló con el jipismo contracultural procedente de Estados Unidos, caracterizado por su exaltación del “sexo libre”, la experimentación con las drogas, formas radicales de feminismo, un embrionario ecologismo y un largo etc. Cualquier mínimo fundamento de la sociedad, desde la psiquiatría hasta el servicio postal de correos fue removido. Cualquier cosa, por insignificante que fuera, tenía que ser “revisada” y analizada bajo el espectro de una jerga intelectualoide, indescifrable para la gente corriente. 

Ese revisionismo no sólo estaba dirigido a los fundamentos de la sociedad burguesa, sino también al marxismo tradicional. 

La cantidad de intelectuales de espeso discurso que surgió en esa época es enciclopédica. Marcuse, Focault, André Glucksman y un largo etcétera llenaron las estanterías de las librerías con “teorías críticas” de esto y aquello. 

Un actor principal en este “revisionismo total” fue sin duda la así llamada Escuela de Fráncfort.  
”La escuela de Fráncfort fue la máxima expresión de esa “revolución cultural."
...Reunía marxistas disidentes [repitamos: marxistas disidentes], críticos severos del capitalismo que creían que algunos de los seguidores de las ideas de Karl Marx sólo utilizaban una pequeña porción de las ideas de éste, en defensa de los partidos comunistas ortodoxos. 

“…, tomaron como tarea encontrar las partes del pensamiento marxista que pudieran servir para clarificar condiciones sociales que Marx no podía haber visto o predicho”. 

“…Para lograr esto, se apoyaron en la obra de otros autores para enriquecer la teoría marxista y darle un carácter más explicativo. Max Weber ejerció una notable influencia, así como Sigmund Freud y Herbert Marcuse… " [este último, identificado como colaborador de la CIA...]
Estos breves pasajes de Wikipedia son muy ilustrativos. Muchos de los pensadores de la época, dotados de una considerable soberbia, se creían con facultades para “ampliar” y “reformar” el legado de Karl Marx. Querían “enriquecer” a Marx, cuando Marx, por sí mismo, ya es suficientemente rico tal como está. 

Sorprende que entre los “elementos influyentes” de esta Escuela de Fráncfort se encuentre Max Weber, un anticomunista patológico de orden liberal. 

El pensamiento marxista se vio inundado de psicoanálisis freudiano, lo cual, en muchos aspectos, convirtió el sexo en el eje central de una nueva filosofía cada vez más distanciada del marxismo.

También sufrió la influencia de un inesperado “amor por la naturaleza”, con la introducción de ideas ecologistas de reciente creación. Un somero análisis histórico de esas “ideas” revela que su origen se encuentra en un grupo de “verdes” de “sangre azul”, quienes en 1961 fundaron la primera asociación ecologista, la World Wide Fund for Nature [WWF]. ¿Miembros fundadores? La realeza holandesa y la realeza británica. ¿Pensamiento principal? Hay demasiada chusma ensuciando el medio ambiente mi jardín con latas de sardinas y cáscaras de pistacho. Hay que matarlos a todos, menos a tres o cuatro. Necesitamos alguien que nos sirva el té. 

Como se ve, una idea completamente marxista y respetuosa con la clase obrera. 

Tratar de incrustar el ecologismo en las ideas de Marx es una tarea imposible. Marx era un tipo del siglo XIX que consideraba el desarrollo industrial como eje fundamental para la liberación de la clase obrera. El tiempo le dio la razón. 

Aparte de la “reinterpretación” de la obra de Marx, la influencia de la contracultura estadounidense, la psicoanalización de las ideas políticas, el ideario “verde”, el revisionismo constante de Marcuse y el día del orgullo gay, estos exmarxistas se estaban acercando a ideas liberales, en el más amplio sentido de la palabra. 

Hoy en día, los que conocemos como “progres” no tienen rastro alguno de las ideas de Marx. Son más bien como una especie de “izquierdistas” totalmente contaminados por elementos del liberalismo, tanto en lo político, como en lo moral, como en lo económico. 

Uno de los acontecimientos reseñables en este proceso fue sin duda el mayo 68. 
Hoy en día internet nos ha dado elementos suficientes para analizar ese suceso en profundidad y revisar su autenticidad como “revolución”. 

No hubo tal revolución. En realidad se trató de un golpe de Estado orquestado desde EEUU para sacar a De Gaulle del poder. Recordemos que en esa época la brecha generacional era abismal. Los hijos consideraran a sus padres como retrasados mentales que vivían en la Edad de Piedra. Un tipo como De Gaulle tenía todos los números para ser odiado por toda la juventud de la época. 

El general De Gaulle era un residuo de la II GM, con su bigotillo y su indumentaria militar. Resultaba antipático a primera vista. Si nos metemos en la mentalidad de los “revolucionarios” del mayo 1968 era lo que hoy conocemos como un “fachilla” o un “casposo”. 

Nada más lejos de la realidad. De Gaulle tuvo la osadía de tocarle los cataplines al imperio anglosajón, especialmente cuando fletó un barco a New York para llevarse todo el oro que Francia tenía depositado en los EEUU. De Gaulle se había dado cuenta de que los norteamericanos estaban acabando con la fantasía Breton Woods, según la cual un dólar equivalía a una onza de oro. Sospechaba que los EEUU habían comenzado a imprimir dólares muy por encima del valor de las reservas de oro mundiales. 

Unos pocos años después, Nixon se cargó el patrón oro y quedó demostrado que De Gaulle tenía razón.

Otra de las acciones del general fue oponerse obstinadamente al ingreso del Reino Unido en la Unión Europea, cosa que vista en perspectiva era una actitud muy sabia. 

Cualquier marxista o izquierdista de la época no debería haber iniciado una “revolución” contra De Gaulle. Éste no estaba haciendo más que proteger la soberanía nacional y oponerse con todas sus fuerzas a la mafia anglosajona. 

Los “revolucionarios”, en cambio, estaban conformados por toda una cohorte de jovencitos que se calificaban a si mismos con todo tipo de etiquetas, maoístas, trostkistas, existencialistas, etc. Muchos de ellos eran intelectuales de salón y artistas de medio pelo; juerguistas y fiesteros, una juventud hedonista y egoísta que provenía de familias de clase media acomodada o no eran más que nenes de papá jugando a la revolución. Eran la versión chic del lumpenproletariat de Marx.

Por supuesto, todo este grupo heterogéneo estaba ya infestado hasta la médula de la retórica marcusiana y franforctiana, es decir, del revisionismo histérico del marxismo. 

En los días de mayo 1968 en que se sucedieron los disturbios, se produjo también una huelga general. Este hecho ha creado controversia porque le da legitimidad a un conflicto que fue iniciado por universitarios, al tiempo que los sindicatos y otras organizaciones obreras se mantenían al margen. Podría dar la sensación de que los trabajadores estaban también en el ajo y que, por tanto, la revuelta era “popular”. Actualmente, se interpreta que los nexos entre los trabajadores en huelga y los “revolucionarios” eran muy débiles y que muy probablemente los sindicatos aprovecharon la coyuntura para sus propios propósitos. 

El mayo 1968 nos enseña dos lecciones. La primera es la caducidad del binomio izquierda/derecha. Un individuo que se considera conservador o de derechas también puede incluir en su cartera cosas propias de la izquierda. Un izquierdista estúpido puede causar más daño que un derechista sensato. La segunda, la posible infiltración de los servicios de inteligencia norteamericanos en las organizaciones de extrema izquierda de ese tiempo y posteriores. Es patente que en el crisol de organizaciones marxistas de toda índole que existieron hasta los años 80’s, en especial trotskistas y maoístas, se daban fenómenos muy extraños. Fueron partidillos que en algunos casos funcionaban como una secta y en otros militaban elementos que con los años se convirtieron en grandes empresarios o acabaron ocupando altos cargos en gobiernos ultraliberales. 

En paralelo a esta pseudorevolución, se produjo una criminalización creciente de la Unión Soviética, tras las intervenciones militares en Hungría y Checoslovaquia. En esa misma época, los Estados Unidos estaban llevando a cabo una guerra de exterminio en Vietnam, pero cualquier crimen cometido por la URSS se multiplicaba x1000, gracias a la creciente influencia de la industria propagandística. Recordemos que la televisión era un medio que llegaba a todos los hogares desde hacía muy pocos años. Además, comenzaron a sacar a la luz los “miles de millones de billones” de víctimas de Stalin y la existencia de un “gulag”, obra de un tal Solzhenitsyn, a quien ningún historiador de la actualidad considera en serio ni toma como fuente. 

Los partidos comunistas de la Europa Occidental, lejos de contraatacar y presentar argumentos contextualizados, se sintieron intimidados por esa avalancha propagandística. En lugar de defender el único sistema comunista existente, se vieron obligados a bajarse los pantalones y abrazar modelos infumables como el “Eurocomunismo”. Eso suponía aceptar las convenciones de la “democracia” liberal, como el “derecho sagrado” a la propiedad privada. 

Tampoco es de extrañar, porque la propia URSS estaba en pleno proceso revisionista, de la mano del ucraniano incompetente Nikita Krushev. 

En resumen, los partidos comunistas de Europa Occidental aceptaron la “democracia” parlamentaria como único medio de alcanzar la “institucionalidad”. En cuestión de una década todos desaparecieron del mapa y fueron sustituidos por entidades indefinidas donde el feminismo, el ecologismo, la identidad de género y otras marramachadas tomaron el protagonismo, muy por encima del núcleo de las ideas de Marx, basadas en la lucha de clases y la liberación de la clase obrera. 

Había nacido un concepto sin ninguna relación con el marxismo: el progresismo. 

La recta final de los años 60s contempló la aparición de otro fenómeno que fue rápidamente asimilado por esta nueva corriente de exmarxistas: la liberación de los gays. 

En 1969 la policía en Estados Unidos entró a saco en varios clubs de “ambiente”, lo que produjo toda una serie de altercados y disturbios en las calles. Es lo que se conoce como “Disturbios de Stonewall”. 
A pesar de tratarse de un fenómeno pretendidamente “revolucionario”, en muy pocos años, la industria cultural de Occidente se lanzó a una promoción frenética de la homosexualidad. En especial a través de la música pop, un fenómeno cuya influencia en esa época superaba con creces cualquier otro tipo de cuestión. Un futbolista, en comparación con un guitarrista de rock, era un piltrafilla. 
El cantante norteamericano Vincent Damon Furnier, más conocido como “Alice” Cooper, relató en una entrevista como a principios de los años 70s se consideraba una necesidad promocional que los músicos vistieran con ropas muy femeninas y adoptaran actitudes afeminadas o, como mínimo, ambiguas. Aseguraba que ni él ni ninguno de los miembros de su banda era homosexual, pero que se veían presionados por la industria a adoptar ese tipo de roles. 
Alice Cooper

Uno de los individuos que más influyó en este circo, bautizado como Glamm Rock, fue el cantante británico David Bowie. La prensa aireaba supuestas relaciones entre ‘dioses’ de la farándula como Bowie y Lou Reed o Bowie y Mick Jagger. 
El comportamiento bisexual o “liberado” de este tipo de personajes, que gozaban de una admiración sin límites en todo el mundo, era muy inspirador para que los plebeyos, en especial los plebeyos adolescentes, “abrieran sus mentes”. 

Otro de los personajes reseñables de la época del Glamm fue el funesto Freddy Mercury, un tipo que a pesar de ser consciente de las andanzas del SIDA a través del mundo continuó con sus juergas y sus orgías. Es indignante que un estúpido de semejante calado sea hoy considerado una "figura legendaria". Ok, Bohemian Rapsody era dabuten. ¡Gracias, ingenieros de sonido!

Si a todo esto le añadimos la presencia, cada vez más frecuente, de la heroína, el cannabis, el LSD y la cocaína, el caldo de cultivo para comportamientos poco convencionales tomaba formato tetra-brick. 

Un dato que resulta sorprendente de esta máquina dedicada a la fabricación de homosexualidad en lata, y que muy poca gente conoce, es que el Reino Unido no despenalizó la homosexualidad por completo hasta 1992. Wiki: 
“…la Ley de Delitos Sexuales de 1967 despenalizó los "actos homosexuales" consensuados, siempre y cuando sólo estuvieran involucrados dos hombres, ambos mayores de 21 años y que los actos ocurrieran en privado. La ley se refería únicamente a actos entre hombres; el sexo anal entre hombres y mujeres siguió siendo un delito hasta 1994. [sic] "...los actos sexuales entre dos hombres adultos, sin otras personas presentes, se legalizaron en Inglaterra y Gales en 1967, en Escocia en 1980, Irlanda del Norte en 1982, UK Crown Dependencies Guernsey en 1983, Jersey en 1990 y la Isla de Man en 1992". 
Impresionante: la práctica de la homosexualidad fue ilegal en algunos lugares del Reino Unido hasta los años 90s, y castigada con penas de prisión, a pesar de que su "industria cultural" no hacía más que promover la creación artificial de gays en todo el mundo. Estamos hablando de los británicos, reyes absolutos de la industria cultural ‘pop’ del momento y nación considerada como una vanguardia estética. 

En las décadas posteriores, este programa de homosexualización planificada se implementó hasta la histeria, no ya sólo a través de la música pop, sino también a través del cine, la publicidad, la moda, la televisión y la propaganda. 

Se puede asegurar sin el menor género de dudas que llevamos más de 50 años en un proceso de homosexualización masiva de la sociedad. Poco a poco, la industria gay, apoyada por decenas de grandes multinacionales, se ha convertido en un auténtico Imperio. Hoy en día, basta con abrir la televisión un rato para contemplar a cientos de miembros del gremio en programas informativos, concursos, entretenimiento, etc.

La pregunta es, ¿qué tiene que ver Karl Marx con el movimiento LGTB? La respuesta es: nada. Karl Marx y su amigo Friedrich Engels eran lo que se conoce hoy en día como un “homófobo”. Nada extraño, porque en el siglo XIX, el 99.999% de la sociedad europea era homófoba. Pretender que un personaje del siglo XIX encaje en el concepto “homofobia” es como que Erasmo de Rotterdam entendiera lo que es un microchip. Engels consideraba “repugnante” la homosexualidad masculina y quería publicar un manifiesto sobre ello. Marx, más prudente y reflexivo, le dijo que no era el momento. Un sindicalista vital para el movimiento obrero europeo era homosexual y había sido apresado en un parque intentando seducir a un chico de 15 años. Lanzar un panfleto antihomosexual se convertía de rebote en un arma contra la clase obrera. 

La homosexualidad ha existido siempre, y los homófobos también. Es terrible tener que vivir criminalizado por una inclinación sexual; tan terrible como lo es ser politizado, mediatizado, mercantilizado e instrumentalizado. La única forma de normalizar la homosexualidad no será mediante la creación de entidades lobbistas o marchas del “orgullo” gay. La normalización llegará el día en que decir “soy homosexual” sea equivalente a decir “soy de Badajoz”. 

Uno de los momentos más hilarantes de la historia del “marxismo cultural” llegó cuando uno de los más patéticos youtubers, un fantoche esquizofrénico argentino llamado Nicolás Morás, se presentó en una manifa feminista y le echó en cara a dos participantes que Engels era un homófobo. En su estofado mental quedaba claro que estas dos individuas iban a relacionar de inmediato sus ideas feministas radicales con Engels, prueba inequívoca de que existe una asociación muy estrecha entre el marxismo y el actual marasmo de género+feminista+LGTB. 

Las dos personas le miraban como diciendo ¿de qué está hablando este pirao? Sí, porque es bastante probable que unos “progresistas”, en una manifa feminista, sepan quien es Justin Bieber. Engels fijo que les suena como a Star Wars o algo de Netflix. 

Desgraciadamente, no hay posibilidad de recuperar ese momento histriónico del “marxismo cultural”. El canal de este sujeto fue hackeado, según él, por sus críticas al nuevo gobierno argentino. Yo me permito dudarlo porque al nuevo gobierno argentino le bastaría ponerse en contacto con los directivos de Youtube para que le dieran de baja el canal. 

Lo más irónico del "marxismo cultural" es que la única sociedad comunista [sui generis] que ha existido en la historia, que fue la URSS, estaba totalmente dominada por valores conservadores. Las personas se casaban, tenían hijos y ser homosexual no estaba ni contemplado. La familia se consideraba sagrada, hasta el punto de que el Estado imponía multas a quien no formaba una. ¿Abortar? Ni lo sueñes. 

La Rusia moderna sigue conservando esos valores tradicionales. 

No sé quien fue el progre idiota que puso la familia en manos de la derecha conservadora. Eso fue un error histórico que la izquierda ha pagado muy caro. La familia es una célula imprescindible de la sociedad. No es necesario que sus miembros sean del Opus. Una persona que crece dentro de una familia sana y sin problemas económicos tiene mayores posibilidades de ser feliz y ser un miembro destacado de la sociedad. La familia puede tener todos los defectos que queramos, pero no puede ser sustituida por una comuna urbana ni por una secta maharishi. Tampoco tus amigos son una alternativa a tu familia. Los amigos desaparecen con el tiempo; tu madre, tu padre, hermanos, permanecen. 

Otro tema controversial es el del aborto. Sin caer en las distorsiones de la ultraderecha cristiana de que eso supone “un crimen” o algo equivalente a matar un ser humano, lo cierto es que el aborto no es un hobby, ni un deporte. Y de alguna manera tampoco es un “derecho”. La mujer que pasa por ese trance tiene un cierto riesgo de padecer algún tipo de trauma psicológico. No debe ser una experiencia agradable llegar a un sitio, tumbarse en una camilla, abrir las piernas y dejar que alguien manipule con un aparato en lo más íntimo. 

Lo más lógico sería una política preventiva que evitara tener que llegar a ese extremo. 

Es obvio que es la propia mujer quien debe tomar la decisión de tener a su hijo o no. Hay ejemplos palmarios en ello: a/ la mujer no quiere tener el hijo de un individuo indeseable b/ el feto presenta malformaciones c/ la mujer es demasiado joven y no resultaría una madre eficiente o d/ el embarazo es producto de una violación. 

Lo que es realmente intolerable es cuando la mujer sí desearía tener ese hijo, pero opta por abortar porque no podría mantenerlo. Hay que pensar en lo que eso supone. Supone, ni más ni menos, la aceptación implícita de la sociedad de clases, donde las penurias económicas de la clase obrera acaban con la vida de un futuro niño. En lugar de poner en el disparadero las desigualdades económicas del capitalismo, se considera “razonable” abortar. 

La palabra “intolerable”, en este caso, se queda corta. 

Y si el caso anterior supera cualquier parámetro de tolerabilidad, el ítem “voy a abortar porque si no pierdo mi puesto de trabajo” es ya de guillotina en plaza pública. 

Karl Marx no habló del “derecho” a abortar, ni del cambio climático, ni de agricultura ecológica. Ni de derechos de los animales. No consta que diera ningún sermón feminista. Tampoco trató el tema de la homosexualidad. En el tema del derecho de los niños que se sienten niña a usar el lavabo de las niñas o de tener su propio lavabo ‘trans’… tampoco habló de eso. 

Las ideas de Marx, a pesar de su aureola intelectual, son muy simples. La clase obrera [es decir, la gente de la calle] es un sujeto de derecho por encima de cualquier tipo de catalogación de raza, religión, edad, sexo, nacionalidad, orientación sexual, etnia, minusvalía y un largo etcétera. 

Ejemplos: Un gay tanto puede ser un tipo que está en la cola del paro como el ejecutivo de una multinacional. ¿Debemos defender los derechos de un gay millonario cuando sufre un acoso moral? No, que se busque la vida. Dinero para abogados seguro que tiene ¿Debemos defender a un gay trabajador cuando su condición sexual le crea problemas? Sí, es un trabajador y por tanto se le defiende, tanto si es gay como si tiene una verruga en la nariz. 

Una mujer tanto puede ser una madre explotada en una plataforma de telemarketing como puede ser Margarett Trucher. Si un hombre corriente de la calle le pega un puñetazo a una bruja odiosa como la Trucher, ¿eso es violencia de género? No: es justicia social. 

Sin embargo, si la mujer trabajadora es acosada sexualmente por su jefe y corre peligro su medio de subsistencia, la cuestión toma otro tinte. Supone que una trabajadora está en riesgo, por tanto, se la ha de auxiliar, no por ser mujer, sino por pertenecer a la clase obrera. Curiosamente, las feministas del “heteropatriarcado opresor” omiten como exponentes del “empoderamiento de las mujeres” a individuas como la Trucher o la Hilaria, mujeres que demostraron en tiempos recientes un apetito insaciable por el poder y unas ansias asesinas salvajes y despreciables. Adiós al mito de que un mundo dirigido por mujeres sería más humano y menos violento. [sic] 

Un negro tanto puede ser un presidiario explotado en el sistema carcelario de los EEUU como un gordo asesino de África Central que tiene la nevera llena de filetes de sus enemigos políticos. Si el negro asesino muere a manos de un blanco de clase obrera, ¿eso es racismo? No: es justicia social. 

Por tanto, las ideas marxistas se basan en la primacía de la clase obrera, de la gente corriente de la calle, del común de todas las sociedades. No fija divisiones transversales como ser negro, gay o mujer. Se establece un principio bien claro que, al parecer, el régimen liberal ignora: 

El interés de la mayoría está por encima de cualquier interés privado. 

Esto es un axioma. Un principio inviolable de la biblia marxista. Una verdad incuestionable. Ningún sujeto, a título individual o enmascarado en una “sociedad anónima”, puede considerarse por encima del común para adquirir propiedades y riqueza. 

Es un principio muy simple que debería ser ley en cualquier sociedad civilizada, pero los ultraliberales y su capitalismo caníbal parece ser que no lo han entendido. Quizás habrá que hacerles un croquis. O quizás habrá que rescatar a Karl Marx de su tumba. 

El marxismo establece en su filosofía básica la necesidad de que el ser humano disponga de los medios materiales para su felicidad. Disponer de medios para alimentarse, de una vivienda, del derecho a la educación, de medios de locomoción, de prendas de vestir y un largo etcétera están presentes en las teorías marxistas. Marx desarrolló sus ideas con dos grandes conceptos: el materialismo histórico y el materialismo dialéctico. 

En contrapartida, el liberalismo económico y político basa su macabra filosofía en un concepto abstracto como es la “libertad”. Es patente la hipocresía del liberalismo cuando exalta la “libertad” por encima de la seguridad. Sin seguridad, cualquier tipo de “libertad” es inútil

La única “libertad” que esta gente entiende es su propia “libertad” para obtener riqueza, propiedades y poder a costa del resto de la sociedad. 

Marx entiende que la clase obrera debe controlar, a través del Estado, todos los medios de producción. Nadie tiene el “derecho” de poseer hectáreas de tierra, grandes capitales, sectores estratégicos como la generación de electricidad, canalizaciones de gas, líneas férreas, autopistas ni grandes empresas de producción agrícola, alimentaria, etc. Nadie tiene el “derecho” de controlar medios de comunicación. Nadie tiene el “derecho” de acumular bienes inmueble fuera de lo que es su derecho natural a disponer de una vivienda. 

En la sociedad marxista, la propiedad privada está completamente prohibida. Eso no quiere decir que no se puedan tener propiedades. Todo lo que adquiere una persona con su sueldo, ganado de forma legítima, es de su propiedad. También puede tener propiedades esenciales como una vivienda o un medio de locomoción. También existe un concepto alternativo a la propiedad, que es el usufructo.

Naturalmente, la división de clases es inevitable. No se puede recompensar del mismo modo a alguien que apenas muestra su intención de trabajar, o a personas que no aportan talento alguno para mejorar la sociedad, que a otros sujetos que sí suponen un capital social. La sociedad comunista es totalmente meritocrática. Si alguien esboza ideas para mejorar procesos productivos o desarrolla sistemas que benefician a la sociedad, ese individuo merece ser recompensado. Percibirá un sueldo mucho mejor y otras ventajas. 

Ese es el criterio: el tema no se basa en buscar el beneficio personal, sino el beneficio social. El comunismo es más avanzado que el capitalismo. Prioriza el “nosotros” por encima del Yo. 

Para fabricar una lavadora no se necesita un empresario. Hola producto, adiós beneficios. El consumidor final paga la mano de obra, los materiales y los costos logísticos. Se libra de pagar los “beneficios empresariales”, incluyendo accionistas y rentistas que no dan un palo al agua. 

En el mundo hay miles de personas que dependen de trabajar por cuenta ajena. No todas las personas tienen el dinero, los recursos, la formación, el conocimiento ni las habilidades para convertirse en un empresario. Los pocos que se atreven a probar en el “emprendimiento” [sic] necesitan mucha suerte para salir a flote en un mundo cada vez más dominado por monopolios y grandes corporaciones. No todo el mundo puede permitirse el lujo de 'competir' en un 'mercado', por más que sea 'libre'. Es patente el derrumbe de pequeñas empresas, autónomos y otros pequeños operadores de la economía capitalista.

La progresiva implantación de la inteligencia artificial es un reto para la clase obrera. Miles de empleos van a ser destruidos en las dos próximas décadas. La mano de obra, en su acepción tradicional, va a ser prescindible. Esta problemática no afecta sólo a los trabajadores que realizan trabajos simples. Profesiones “liberales” como arquitecto, abogado, médicos y otros cientos se verán desplazados a la miseria. 

La posibilidad de que se produzca un exterminio de masas “prescindibles” no es simple “conspiranoia”. Lo estamos viendo en este experimento social que han denominado “pan-de-mia” y lo seguiremos viendo con otros acontecimientos todavía más espectaculares. 

Algunos ya ni siquiera disimulan sus ansias por hacernos desaparecer del mapa.


Los intereses del “común” de la sociedad están en juego. 

El tito Marx debe dejar de ser un fantasma que vaga entre las brumas de la historia. 

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