
Esta película narra el complejo proceso de investigación para crear lo que llamaríamos un "walkman sensorial". Un tipo registra sus sensaciones mientras está volando en ala delta, montando a caballo (o a caballa), en una especie de cinta de casete y después viene otro, se coloca unos electrodos en la cabeza y 'vive' esas experiencias sentado cómodamente en el sofá. Señores científicos, a ver: inventen algo así, rápido y sin anuncios.
Hasta aquí todo perfecto. La única víctima de este juego virtual es un tío al que se le encasquilla la cinta en el momento del orgasmo y se pasa dos días convulsionándose de gusto. Lo malo es que, entretanto, la científica que lleva las riendas del proyecto la espicha de un infarto por empalmar los winstons uno detrás de otro. Y claro, no se le ocurre otra idea que grabar su propia muerte. Y ahí comienza el drama, pues su compañero de reparto, Christopher Walken, se obsesiona con la idea de 'videar' la cinta para saber como es la muerte. Ni que decir tiene que está a punto de morirse. Tal como lo plasma el film, el espichamiento les queda de muerte (nunca mejor dicho), con gran despliegue de efectos psicodélicos en plan caleidoscópico.

La información que proporciona Internet es penosa. En muchos casos no hay una sola página que coincida mínimamente en los detalles. Había por en medio un trío amoroso en el que estaba implicado el propio Walken y el extraño marido de la actriz, Robert Wagner. Pero lo que más sorprende es la historia de una vidente que, años antes, trató de advertirle que tuviera mucho cuidado con el agua. Según unas páginas, era una pitonisa. Según otras era gitana. Y las últimas decían que era china. ¿En qué quedamos? Bien, dejémoslo en que era un pitonisa china de etnia gitana.