La aparición de una pintada nazi en la barrera de una plaza de toros durante los encierros de un pueblucho de la provincia de Madrid reafirman la idea de que, efectivamente, eso de las fiestas con toros tiene mucho que ver con Adolf Hitler.

El toreo y el nazismo se basan esencialmente en los mismos principios y finales. Adolfito del Reichstag, que así se llamaba este famoso diestro alemán, tomó la alternativa en la plaza de toros de Polonia. Los polacos le caían mal porque habían presentado una ILP contra su manual de judeomaquia, también conocido como Mein Kampf. Con este tratado, Adolfito se ponía el mundo por montera y desarrollaba teorías surgidas directamente de las Ventas. Además se enteró que los españoles habían expulsado a los judíos de la península en 1492, después de lancearlos un poco. Los judíos le caían aún peor que los polacos. Vivían de gorra en las dehesas alemanas mientras los alemanes de raza tenían que conformarse con emborracharse en la Oktoberfest. Eso no era justo. Sus opiniones sobre la piel de toro comenzaron a dar un giro a pesar de los informes de su apoderado. Era obvio que debía seguir el ejemplo español y cubrir Alemania con la piel de algo.

No obstante, consultó con Goebbels y Himmler la conveniencia de organizar corridas en Alemania. Los toros germanos no tenían demasiada casta y podían ensombrecer el show. La visita del cuñado de Franco tampoco sirvió de gran cosa. Serrano Suñer le prestó unos miles de prisioneros republicanos para construirle un burladero en Hamburgo, pero se negó a venderle un solo toro. El Führer necesitaba una raza claramente inferior, cuya vida fuese superflua y prescindible, y a la cual se pudiera lidiar de forma precisa, mecánica y por fases. Sus cuadrillas de las SS y la Gestapo estaban ansiosos por saltar al ruedo.
Torero sagaz donde los hubiera, Adolfito del Reichstag comprendió que necesitaba unos recintos adecuados para lidiar a las razas inferiores. Una simple plaza de toros no le bastaba. Para entrenarse, organizó unos encierros en el ghetto judío de Varsovia, pero eso le pareció poco. La fiesta española tenía sus propias onomatopeyas, como "¡olé!" y "¡bravo!". Adolfito las sustituyó por "sigh!" y "heil!" para darle un aire más marcial. Era consciente de que los pobres bichos sufrían, si, pero bueno, eran seres inferiores y su sufrimiento se convertía en placer estético. En los años siguientes Adolfito construyó un montón de plazas de judeomaquia por toda Europa. Famosos fueron los cosos de Arbeitsdorf, Auschwitz, Bergen-Belsen, Dachau, Mauthausen-Gusen y Treblinka, donde Adolfito y sus cuadrillas masacraron cerca de seis millones de especies inferiores. Siguiendo la leyenda torera que dice que "si no hay toro, bueno es un perro" (o un cordero o una gallina), Adolfito dejaba en paz un rato a los judíos y lidiaba también gitanos, testigos de Jehová, comunistas, etc.
Desgraciadamente, la judeomaquia de Adolfito fue prohibida en 1945 por los malvados Aliados. Lo encontraron muerto en su burladero junto a su parienta y algunos miembros de su cuadrilla. Los malvados Aliados no pasaron a España, donde se practicaba el ritual fascista original que había inspirado la judeomaquia. Y donde también había un fascista bajito y con bigote, amante de las corridas y la caza. Ya es mala suerte.
Desgraciadamente, la judeomaquia de Adolfito fue prohibida en 1945 por los malvados Aliados. Lo encontraron muerto en su burladero junto a su parienta y algunos miembros de su cuadrilla. Los malvados Aliados no pasaron a España, donde se practicaba el ritual fascista original que había inspirado la judeomaquia. Y donde también había un fascista bajito y con bigote, amante de las corridas y la caza. Ya es mala suerte.